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LAS RUTINAS DE SHANKLAND

Samuel Shankland (Berkeley, 1991) camina en punta de pies, con las manos en los bolsillos. Se mueve por el Salón de Embajadores del hotel Habana Libre mirando hacia todas partes, en ocasiones enfocado en los tableros de otros ajedrecistas, o simplemente palpando el ambiente a su alrededor.

Abre mucho los ojos, es muy expresivo, tanto que cuando siente un ruido en el pasillo, los organizadores, de solo observar sus gestos, saben que se siente incómodo. Pero su mirada también transmite seguridad, confianza, y su pose, en sentido general, denota un desenfado sui géneris para un ajedrecista.

Shankland, flamante campeón nacional de Estados Unidos, no guarda una postura esbelta en su silla, juega con las piernas estiradas, da vueltas de un lado a otro y solo cuando le corresponde su turno se queda quieto, con las manos a la cabeza, como exprimiéndose el cerebro en busca de la mejor variante para liquidar al oponente.

El resto del tiempo, Sam, como le conocen en el universo ajedrecístico, mueve entre sus dedos las piezas que ha «robado» al rival; cuando se cansa, las deja encima de la mesa, separadas del resto de las fichas y sin ningún criterio de organización.

Llama la atención el desenfado de este trebejista de 26 años, natural de California y fanático de Garry Kasparov; él es el principal punto de atracción del 53 Memorial Capablanca, en gran medida por su corona doméstica en Estados Unidos el pasado mes de abril, la cual le permitió quebrar, por primera vez, la barrera de los 2 700 puntos Elo, hasta 2 701.

En San Luis, Shankland desbancó a Zviad Izoria (2 606), Awonder Liang (2 561), Alexander Onischuk (2 647), Yaroslav Zherebukh (2 628), Varuzhan Akobian (2 641) y Ray Robson (2 670), mientras pactó tablas con Jeffery Xiong (2 661), Aleksandr Lenderman (2 611), y los estelarísimos Fabiano Caruana (2 822), Wesley So (2 778) e Hikaru Nakamura (2 769).

«Ese top tres del Campeonato Nacional fue muy exigente para mí, sin dudas es un escalón superior al que enfrento ahora en Cuba. Pero por lo demás, la media de aquel torneo no supera a la del Capablanca, un evento de partidas tensas y sin rivales sencillos», recapituló el norteño en diálogo con nuestro diario, poco tiempo después de vencer, en la segunda ronda, al cubano Lázaro Bruzón.

«El hecho de que haya representación de Rusia, de Europa, de Estados Unidos y de Cuba te da la medida de que es un torneo complicado, apasionante, con rivales fuertes en estrategia. Para mí es un honor dar continuidad a toda la historia de jugadores de mi país que han estado en el Capablanca».

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